El muro : CD Montcada 4 – 2 Amateur

El muro

Tengo, desde hace algún tiempo, un buen amigo, algo tarado pero buena persona, que decidió hacer una maratón no sé muy bien por qué, y se ha pasado las últimas cinco semanas dando la tabarra a todos los que le rodeamos sobre el método de entrenamiento, la dieta y las consecuencias que se derivan de hacer tal estupidez. Creo que está inmerso en una crisis de los treinta anticipada, hago psicología barata. Y, viendo el partido de ayer, creo que se puede comparar el recorrido ambas cosas, según me contó mi amigo tarado.
Km. 0
Te plantas en la línea de meta, detrás de otras veinte mil personas todas perfectamente equipadas: camisetas correspondientes, pantalones de corredor (profesional), bambas Asics (más de 150€ que solo utilizarás ese día). La sensación de incertidumbre se mezcla con la ilusión y la obligación de hacer un buen papel después de haberte entrenado durante meses pero, sobre todo, para no quedar mal habiendo abandonado a las primeras de cambio. Al menos competir, acabarla dignamente, me dice mi amigo. Dignamente, dice.
Km. 5
Todo estaba dispuesto pero a las primeras de cambio tropiezas tú solo con el bordillo de la acera de Travessera de les Corts, justo cuando dejas atrás el Camp Nou. Te metes un gol en propia en el primer córner, tres rebotes y acaba dentro. No es nada, puedes seguir. Una pequeña torcedura de tobillo no te va a parar. Prosigues concentrado tratando de olvidar el inoportuno traspié y, de repente, te chocas de frente con una señora sexagenaria que te da ganas de insultar por hacerte parar cuando volvías a coger el ritmo. Ya vas perdiendo dos a cero sin haber sudado apenas. No te queda otra que seguir, me dice mi amigo.
Km. 10
Pese a los baches que has sorteado te rehaces, no llevas mal tiempo, piensas al mirar el crono y las piernas no te duelen aún. Gracias a los avituallamientos los ánimos permanecen intactos y miras a la multitud para encontrar a la sexagenaria y poder insultarla amablemente al ver que queda ya lejos. Pasas la Sagrada Familia y notas que el cuerpo te pide adelantar a gente, con una edad avanzada la mayoría de ellos. Codeas con un extraño y te das cuenta que es Billy, con el que habías jugado hace años, hablas un rato con él pero va mejor que tú, se aleja poco a poco. No te desanimas, no vas tan mal. Mejor de lo que creías, me dice mi amigo.
Km. 15
Empiezas la Meridiana; tres quilómetros de ida y tres de vuelta, casi llegas a Santa Coloma, piensas. A tu derecha el campo del Alzamora. Momento clave, habías estudiado bien el recorrido del partido y recuerdas el buen entreno que habías hecho, te autoanimas con el sacrificio realizado para afrontar el sacrificio que viene con dignidad. Lo haces y llegas otra vez a Mallorca para enlazar con la mitad de la carrera. Buen tiempo, no voy tan mal, me dice mi amigo.
Km. 21
La media maratón es el momento más importante de la carrera y me siento bien pese a ir perdiendo, pese a chocarme con la vieja, pese que Billy me dejara atrás, pese a torcerme el tobillo. Voy perdiendo dos a cero pero he acabado en campo rival, sin conceder más ocasiones. Algún saque de esquina con manos dentro del área que no se pitan, abortas contraataques peligrosos y aún puedes respirar; el oxígeno llega a tus piernas y deseas que la segunda mitad sea mejor que la primera, me dice mi amigo. Tarado, pienso yo.
Km. 28
Momento dramático; decides cambiar algunas cosas: tomas unos geles que te recomendó un profesional al que no conocías de nada, y al que fías tu suerte, y tiras la pequeña riñonera pensando que te quita peso de encima, sin embargo ir desde el Fórum hasta la plaza de las Glòries se hace eterno, insoportable. Lo que modificaste no ha funcionado y puedes oler a la sexagenaria que te pisa los talones… Los talones, te hacen daño, y tienes la rodilla tocada y el tobillo también. Lo dejo, ¿o qué? Sigues. Te sacudes la cabeza alejando pensamientos negativos (pero reales) de tu mente y ves a Billy al otro lado de la Diagonal bajando lo que tú no has subido aún, ya te saca… al menos tres quilómetros de distancia. Problemas, me dice mi amigo.
Km. 33 – El muro
He escuchado la teoría del muro veinte veces estas tres últimas semanas. Mi amigo tenía más miedo al muro que a su futuro desahucio. Es, como su nombre indica, algo que debes superar o permanecer a su vera: sigues o te vas a la casa de la que serás desahuciado. Problemas que nos estampa la modernidad en la cara, amigos míos. Total, encaras Vía Laietana con cierto entusiasmo al ver que es bajada, y tu mente te oculta que todo lo que baja acaba subiendo. Esquivas el suelo mojado de los avituallamientos y ves que la vieja sexagenaria de los cojones te supera, el partido está perdido, y es por tu culpa. Te flagelas por haber entrenado poco y haber vivido normal demasiado rato, aquellas birras que tomaste o aquel inoportuno cigarro que fumaste. Un despiste y todos los esfuerzos se van al traste, tocará entrenar más, piensas mientras tu mente hace el fatídico cálculo de los quilómetros que faltan, y luego lo pasa a metros, como si estuvieras en tercero de la ESO. Acaba la bajada, giras a la derecha viendo al fondo al descubridor de América cagado por las palomas que nunca llega, me dice mi amigo.
Km. 38
Encaras el Paralelo y ya estás muerto. Las piernas van solas porque no tienen otro remedio, han dejado de estar controladas por ti. Estás acabado, piensas, y te mandas callar, ¿qué pensarán los que han ido hasta Moncada en este domingo tan bonito si te rindes? Decides mirar al suelo y colocarte la gorra hacia atrás para ganar aerodinamismo cuando vas prácticamente caminando. El labio superior se levanta solo de lo que el resto de tu cuerpo sufre y miras al público y ves a niños que han hecho pancartas a sus padres recordándoles lo mucho que les quieren. Los avituallamientos ya te dan igual, pasas por debajo de una ducha de contadas gotas de aguas que te parecen pocas, y sigues. Debo acabar, piensas, ingenuo. Me dice mi amigo.
Km. 41
Entramos en la penúltima curva y andas peleado con tu mente que sigue contando quilómetros y restando jornadas, y puntos y goles a favor y en contra. Sepúlveda nunca fue tan larga, parece que no se acaba. ¿Caminas? Para qué, te repreguntas, si no podré volver a enlazar cien metros corriendo: sigues, te dices. Metes el penalti y sigues. Has dejado a tus espaldas demasiado para abandonar ahora. Ya giras a la derecha y se acaba esta mierda de dimensiones estratosféricas, me dice mi amigo.
Km. 42,182
Ya está, me dice mi amigo. Lleva tres horas explicando cómo se perdió el partido. La sangría de goles encajados se debe acabar, ya ves la meta ahí al fondo, lejos. No lo entiendes, me dice, cada paso resta dos, me comenta el idiota. Tumbas a la derecha, los niños te ponen la mano para que les choques y gritan tu nombre al verlo en el dorsal, te sientes reconocido e impotente a la vez, te arrastras por el asfalto, no eres más que un gusano que se ha permitido pagar la cuota de inscripción (sí, se paga por hacerlo). Habrá acabado la vieja, y Billy, te preguntas. Plaza España está llena de familiares, turistas y gente sin vida social que decide ir ahí, y pisas algún lazo amarillo pintado en el suelo, piensas sobre ello para que los 182 metros finales se te hagan lo más corto posibles. Lo curioso al acabar este partido interminable es que al rebasar la meta no la miras desafiándola, no te giras y la insultas, llevas cuatro horas deseando terminar, luchando por ganar y cuando la cruzas le das las gracias. Árbitro, buen partido, pero no has pitado ese penalti evidente. Finalizas, acabas, terminas, kaputt, fin, adiós. Pierdes pero sigues, acabas pero no se ha terminado, quedan jornadas.
Me cuenta mi amigo al que llevo soportando demasiado tiempo. Paga tú la cena, le digo. Mañana le desahucian.
Perdimos el domingo, por cierto.

Carlos López : Jugador del primer equipo / Entrenador Juvenil B