El Singuerlín conoce los síntomas pero no la cura

Singuerlín – Young Talent    1-4

Jornada 13

Ambos equipos esperaban que el partido del domingo actuara como una loción calmante y que paliara los diversos males que campaban a sus anchas, tanto en Santa Coloma como en Badalona sud, pero, según vimos ayer, los segundos se vieron aliviados y los nuestros sintieron que la esperada cura se puede convertir en un mal mayor. El partido se asemejó preocupantemente a esas reuniones en casa de tus suegros; se te hacen largas, aburridas y acabas por buscarte una escusa para largarte de ahí y, una vez ha terminado, cuentas los días que quedan para la siguiente cena deseando que tu suegro, al menos, se digne a saludarte y te ofrezca algo de beber. Así, por desgracia, fue lo que vimos ayer en Can Zam 2.

Desde y hasta Rosas. Los dos equipos empezaron el partido sabiendo las debilidades por las que atravesaba el contrario. Pero uno de los dos, los de Badalona, parecían más concienciados de sus propias limitaciones, cosa que provocó que se unieran y remaran con más fuerza pese al empuje y dominio que ofrecían los nuestros. Reflejo de esto llegó la buena jugada por la derecha acabada en la izquierda por Rosas, el pequeño extremo diestro, al fondo de la portería. Desde Giráldez, pasando por Balca y Dani, hasta llegar al goleador encarado a portería y libre de marca, controló con la buena y definió con la menos buena. Una de las diferencias entre categorías, aparte de los kilómetros que se hacen, es la velocidad y precisión a la que va el balón y en Singuerlín hay jugadores capacitados para moverla rápido y eficientemente.  El partido estaba encarado, pensábamos que estaba encarado, pero cuando Raúl saca las que solo él podría sacar y lo hace una y otra vez es que las cosas no fluyen como deberían.

En Rosas se culminó los 20 primeros buenos minutos de los locales y desde Rosas empezó el resurgimiento del Young Talent. Entrados en el tiempo de descuento de la primera parte, después de recibir el empate de los visitantes con un remate del jugador más alto del campo a la salida de un córner por la derecha, Singuerlín se encontraba con una escena perfecta para culminar una disputada primera parte: un tiro de esquina a favor con el tiempo prácticamente esfumado. Todo salió al revés, el tiempo no estaba acabado y la posibilidad clara de que el balón acabara en una portería se diluyó y pasó todo lo contrario. Una contra bien tirada o mal defendida, o ambas, que recordó a la que el Turó de la Peira hizo hace dos semanas. 1 a 2 al descanso.

El tercer gol visitante es digno de recordar. De vértice a vértice, de la esquina izquierda del área a la esquina superior derecha de la portería local. Por encima de todos hasta chocar con ese metal raro que está en todas las porterías y pasa inadvertido, un triángulo que parece ajeno a la portería pero que aguanta el larguero con el palo y ayuda a dar forma a la red. Pues ahí, clavado el balón en ese metal justo al lado de la escuadra, haciendo callar a todos. Del cuarto gol no quiero acordarme.  

Geografía. La táctica dentro de cualquier deporte o disciplina se trata de la disposición geográfica de los participantes para defenderse del oponente y para atacarlo. Simplemente eso. Una vez, hace años, un entrenador me dijo que sin técnica no hay táctica, a lo que cabe añadir que sin confianza no aparece la voluntad para crear y la técnica se resiente y se esconde, quedando la disposición táctica en un mero dibujo en la pizarra que todos recuerdan y nadie ve reflejado en el campo. Ayer parecía que defendieran menos jugadores de los que atacaban y atacaban menos de los que defendían. Visto desde fuera, nadie parece estar en el sitio que debiera o que le gustaría estar. Nada que no se pueda arreglar. Tal entrenador me echó del juvenil del Sant Andreu, aún le tengo mucho aprecio.

Steven Spielberg. Ya hace 43 años que se estrenó la película Tiburón y recuerdo perfectamente la primera vez que la vi por la tele. Después de esa vez, y siguiendo con una fatal manía que tengo que es volver a ver películas hasta que me sé el diálogo de memoria, la he vuelto a ver demasiadas veces, la última ayer después del naufragio del primer equipo al medio día. Lo conmovedor de esta obra es el cambio radical de los rostros de los actores cuando van a cazar a cuando van a ser cazados. La confianza que irradiaban al montar la expedición y lo seguros que estaban el pescador experimentado, el biólogo marino y el sheriff del pueblo de que lograrían pescar al tiburón como quién va al espigón los sábados por la noche a pescar sargos. En mi opinión, Spielberg explica qué significa tener valor y que únicamente se puede mostrar en momentos límite, sin tiempo para la palabrería y con esa serenidad innata que separa a los que lo consiguen de los que no. El sheriff (Roy Scheider), logra acertar el disparo en una situación que ya no podía ser más compleja y, de esa manera, volver nadando a casa con el biólogo, que había estado escondido en el fondo del mar. Perdón spoiler. Pues bien, ahora debe demostrarse ciertas cosas en el club y en el equipo, esas cosas que abren las puertas para quiénes lo logran y se las cierra a los que no lo consiguen. Si antes se ganaba por inercia ahora se pierde por inercia, no es la enfermedad, es el síntoma.

Por último, no se afronta igual el ir a cazar que el que vengan a cazarte, de la misma manera que no es lo mismo jugar mirando arriba que hacerlo mirando abajo. Jugar ilusionado por llegar lo más lejos posible que jugar para no caer aún más abajo.